Troya, o el amor de una mujer
La guerra de Troya es una de las más famosas de la antigüedad. En relación con ella destacan especialmente dos mujeres: Helena, cuya locura amorosa desata la contienda y Penélope, la fiel esposa de Ulises. Mucho más trágica, aunque breve y menos conocida, es la historia de Laodamia, sufriente de una fiebre amorosa de fatal desenlace.
El oráculo de Delfos había profetizado antes del inicio de la guerra que el primer griego que pisase Troya sería también el primero en morir. Protesilao, jefe de los filaceos de Tesalia, parte hacia la tierra enemiga dejando su casa a medio hacer y a una mujer, Laodamia, con quien se ha desposado sólo dos días antes.
Aunque el invicto Aquiles iba en la primera nave que arriba a las costas de Troya, la diosa Tetis, su madre, lo sujetó para evitar que descendiese en primer lugar, de modo que es Protesilao, aun conociendo la profecía, el primero en saltar y pisar tierra troyana. Allí mismo, delante de los muros de la ciudad, una flecha enemiga atravesó el intrépido corazón de Protesilao.
Al saber la desgracia, Laodamia, que pasaba los días abrazada a una estatua de cera que había hecho esculpir para mitigar el dolor del hombre ausente y que incluso se llevaba al lecho, se hundió en una desesperación insoportable. En tanto, el difunto esposo intenta convencer a Perséfone de que le permita volver a la región de los vivos y despedirse de su esposa. La diosa, tan benevolente como cruel, le concede tres horas para satisfacer su deseo. Vuela el alma de Protesilao hasta su amada y en abrazos y besos urden los amantes su trama contra el tiempo. Protesilao pide a Laodamia que le acompañe a la región de los muertos. Sin vacilación alguna la enamorada se clava un cuchillo en el pecho y los amantes abrazados retornan juntos al Hades.
Este suicidio por amor humaniza a la mujer y pone en jaque a las divinidades. Si no se puede escapar del destino ni burlar las profecias que revelan la voluntad de los dioses, sí es posible engañarles alguna vez, "devolverles el golpe". Defenderse. Es la "gran ventaja" del politeísmo. En ella se revela la diversidad de lo Bello y las múltiples vías de lo verdadero. Porque Verdad y Belleza no son, no pueden ser, absolutas. Lástima que, según la tradición, los oráculos guarden silencio desde el nacimiento de Cristo.



