El silencio de las cariátides

En la parte sur del templo griego de Erection, seis figuras con cuerpos de mujer sostienen sobre sus cabezas un pesado entablamento jónico. La serenidad de estas féminas pilastras es un misterio silencioso. Estoicas cariátides arruinadas por las inclemencias climáticas, el paso de los años y el expolio de los que escriben la Historia.
Cuenta Vitrubio que las cariátides representan el castigo que los griegos infligieron a las mujeres de la ciudad de Caria, aliada de los persas en las guerras médicas. Al vencer Grecia, castigaron la traición de los carios pasando a cuchillo a los hombres y haciendo esclavas a sus mujeres. Además de verse obligadas a soportar pesadas cargas, no les estaba permitido desposarse de su estola ni de sus símbolos de matronas. La escultura inmortaliza la ignominia sufrida por las carias.
Mucho tiempo después, en el siglo XIX, Richard Wallace, un sir inglés residente en Francia, filántropo y millonario, deseoso de saciar la sed de los parisinos, regaló a la ciudad de la luz varias fuentes cuyo chorro de agua fluye en medio de cuatro cariátides verdosas, sensuales y drapeadas. Son las conocidas fuentes Wallace que todavía pueden admirarse en las esquinas de muchas calles parisinas. Las cuatro cariátides representan las cuatro virtudes francesas: moderación, amabilidad, bondad y caridad.
Pienso ahora en otras cariátides, otras féminas pilastras que recorren cada día decenas de kilómetros para hallar el elemento más indispensable para la vida. Buscadoras de agua. Sólo su larga marcha las diferencia de las mujeres carias. Mujeres africanas sin filántropos que les ahorren la pesada rutina de la supervivencia.
Ignoro qué virtudes representan. Pero al lado de su fotografía nuestros templos y fuentes son únicamente los símbolos de nuestra histórica soberbia.





