Rita, la compulsiva
Se llamaba Rita. Desde niña vivió envuelta en un mundo de ensoñaciones y nubes que le daban un aire entre gilipollas y egocéntrica. Presumía de buena memoria y chapaba mucho, con lo que se ganó enseguida el locus de centro de la diana de los más crueles del colegio. Como la inteligencia tiende a hacer sobrevivir, se alistó en el bando de los maestros y se convirtió en la delatora oficial del alumnado. Título que la hizo más merecedora aún, si cabe, del aborrecimiento generalizado de los niños y niñas.
Los maestros, que rara vez se enteran de algo en toda la extensión de su verdad y si lo hacen es siempre demasiado tarde, pagaron a la niña con las sobadas distinciones de unas calificaciones excelentes y de varios premios y condecoraciones cursis: "alumna del año", "ejemplo de virtud"..etc. Este cohecho mutuo de docentes y pupila provocó tal dosis de marginación en el cerebro de la niña que aprendió a soportar las burlas de sus compañeros como una prueba de su supuesto buen hacer con un masoquismo inusitado.
A los dos años de su nunca disputado título de pelota mayor, Rita comenzó a mostrar extraños comportamientos que a modo de rituales, repetía cada día con frecuencia creciente: jamás pisaba las rayas de las baldosas del suelo, comenzaba a caminar con el pie derecho por delante, nunca pronunciaba la palabra "trece", vestía siempre la misma ropa los días de examen y en el camino de casa a la escuela sumaba obsesivamente los números de las matrículas de todos los coches aparcados en la calle. Decía espantar algunos males con cada compulsión. Si algo malo le ocurría el olvido de algún ritual resultaba ser el culpable y añadía penitencias insufribles para compensar el daño provocado, como copiar cien veces cada error cometido, acusarse a si misma ante los maestros o prohibirse asistir a una excursión.
Dejé de verla al terminar el colegio y pasaron los años. Hace un mes me topé de frente con una mujer que caminaba sola, mirando al suelo, esquivando las rayas de los baldosines de la acera, con el pelo muy blanco y un aspecto desastrado. Me detuve, sorprendida y cuando pasó a mi lado oí que hablaba sola. Levantó la vista, sin mirar a nada en concreto, como perdida y cruzó la calle por el paso de peatones, saltando las lineas blancas siempre con el pie derecho adelantado.
Quise chillar: " Rita!!"..Pero allá en el subconsciente, en algún lugar interior inaccesible, un eco de voces infantiles gritaron a coro:"Rita la antipática, Rita la maniática.." Para mi propio asombro vi como aquella mujer loca se detenía detrás de cada uno de los coches aparcados al borde de la acera y repetía la suma de sus matrículas explotando después en sonoras y horribles carcajadas.



