Extraños Atractores
Escribió Pascal en el siglo XVIII en sus Pensées que " La nariz de Cleopatra, de haber sido más corta, hubiese cambiado la faz del mundo ". Los admiradores de la teoría del Caos sabemos gracias a E.Lorenz que causas diminutas pueden tener efectos grandiosos.
El ser humano más previsor puede verse burlado por el impacto descomunal de un imprevisto. Para su gloria o para su desesperación. La tercera ley de Newton dice que cualquier fuerza que actúa sobre un cuerpo provoca una reacción de igual magnitud, es decir, para cada acción existe una reacción igual y contraria.
Somos sistemas y vivimos rodeados e inmersos en sistemas que comparten magnetismo. Algunos sistemas son predecibles. Por ejemplo, si echamos una bola en un cuenco rodará unas cuantas veces hasta detenerse en el centro del mismo. Obviamente por efecto de la gravedad. Cada sistema tiene su atractor, su punto de equilibrio, algo así como su lugar de estabilidad. Lo mismo ocurrirá si improvisamos un péndulo: por mucha fuerza que le imprimamos se detendrá verticalmente. Todo el sistema tiende a dejarse atraer por ese punto que se llama atractor.
Pero hay atractores extraños. Curiosas criaturas que obedecen a una desorganización organizada. Si enciendo un pitillo observo en cada exhalación que el humo asciende en linea recta para disiparse después en caprichosas volutas. La naturaleza abunda en sistemas complejos de formas no lineales. Desde una coliflor o brócoli pasando por la corola soberbia de la rosa más bella o el tronco cortado de un árbol o el devaneo caótico de las nubes hasta el crecimiento imprevisible de un tumor... Su representación gráfica son las formas fractales de Mandelbrot. Hojaldres geométricos. Sistemas caóticos. Productos de la iteración obsesiva.
La función de un atractor es, como se ve, impedir que un sistema oscile demasiado, hacer que mantenga su homeostasis. En los sistemas caóticos hay multitud de puntos de equilibrio. Se representan por curvas no cerradas, en una iteración autosimilar. Nuestra bola en la taza pero introducida en un cilindro.
Los sistemas caóticos asombran por su belleza. La belleza es un atractor extraño. Igual que el amor. El enamoramiento es como la mariposa de Lorenz. Un simple aleteo produce colosales turbulencias y de ellas surge la vida, miles de emociones que se bifurcan y de las que emergen ramas, formas y colores.
El amor es un caos maravilloso. El más bello fractal.
La mayor fortuna es sentirlo.

Cuenta la leyenda que en el siglo XIV, en la preciosa ciudad de Bohemia, el rey Wenceslao IV, hombre colérico y enfermo de celos por su esposa, intentó valerse de un sacerdote para conocer los íntimos secretos del corazón de la reina. Juan de Nepomuk, o Juan Nepomuceno, se negó a revelar al rey lo que pedía y sufrió por ello las más crueles torturas. Después de haber sido apaleado y quemado, fue atado de pies y manos y arrojado al Moldavia.
Desde que Victoria Beckham reveló como secreto más chic de su belleza que utilizaba cagadas de pájaro como mascarilla, creí que el divismo había tocado techo. No se puede ser más estúpida.
Pudiera parecer una alucinación. Pero no lo es. Esta mañana salí del despacho del jefazo con la impresión de haber sido transportada en el tiempo, 30 años atrás. Me vi sentada en el sofá de la casa de mis padres, ante una televisión de tubo en blanco y negro, mientras proyectaban la famosa película LA MULA FRANCIS.
Para describir la cara de un hombre, la literatura es pródiga en ejemplos y abundante en recursos estilísticos.

