Mujer curiosa
Como mínimo curiosa. Digamos que aquella mujer era en materia de amor como un mueble de Ikea, poseía todas las piezas, era sencilla, pero nadie acertaba con ella a la primera ni era capaz de deconstruírla con el mismo orden que mostraba su embalaje de presentación.
Por si fuera poco, la naturaleza que es azarosa además de genética, gravó la esencia de aquella mujer con la onerosa virtud de una prodigiosa memoria. Podía recordar caras, nombres y fechas sin invertir el más nimio esfuerzo voluntario. Era como una especie de contable divino: ningún balance se le escapaba. Administraba labores, patrimonio, deberes y ocios con un matematismo insultante. Por supuesto, y como se deduce del índice de premisas ya citado, despreciaba el caos, la posibilidad y las hipótesis. Se movía en una lógica binaria que le procuraba un soberbio equilibrio.
Pero la diosa Ocasión, a la que los romanos pintaban calva por detrás, pasó cuchillo en mano girando con los pies alados sobre su mítica rueda e hizo tambalear la rígida arquitectura de la mujer. Se vio ésta de repente asaltada por las dudas preguntándose el sentido de cuanto había dicho y hecho, silenciado y dejado de hacer. Por la grieta en el pilar maestro entraron el agua de la lluvia, el frío y los vientos de un invierno intempestuoso. Empresilló y soldó, rectificó y apuntaló. Pero la venganza del caos pudo con ella.
Se quedó para siempre entre las ruinas con un libro de cuentas que el tiempo fue volviendo amarillo. Sólo una vez se preguntó qué hubiera sucedido de haberse agarrado con fuerza a la guedeja de la Ocasión fugaz. Pero murió sin que nadie supiera si alguna vez se respondió a si misma. Mujer curiosa, como tantas otras, autocondenadas a la permanente insatisfacción. Lo siento. Su geometría simétrica me revuelve las tripas.




Comentarios sobre Mujer curiosa
vale