Medicina
No sé cómo ocurrió, ni tampoco el porqué. Yo era estudiante con capacidades claramente científicas, con mente analítica y una extraordinaria vocación para la medicina. Adoraba la Física, la Biología y diseccionaba animales con la precisión de un relojero. La materia y los cuerpos eran mi obsesión casi exclusiva: desentrañar el secreto de un funcionamiento oculto para el ojo común, saber su naturaleza y devolver el error o la anomalía a su corrección primigenia. Fascinante.
Crecí escuchando que en mi persona se realizaría el sueño paterno de la sanación: el médico que quedó a medio camino por razones políticas se compensaría una generación después. Pero un viento ignoto sacudió imperdonablemente mi supuesta vocación y tuve la suerte o la desgracia de que en mi mano cayesen varios libros peligrosos de un saber llamado Filosofía. Platón y Nietzsche llenaron mis horas de adolescente con una pasión tan intensa que mudaron el nombre de mi vocación y encauzaron mi destino de una forma distinta a la prevista.
Mal oficio elegí. Profesión insaciable. Y aunque mi amor por el más antiguo de los saberes en nada ha disminuído su intensidad inicial, la balanza que uno reconstruye en la mitad aproximada de la vida ofrece un resultado no exento de frustraciones. No sólo por el desprecio manifiesto y la ignorancia superlativa que la Filosofía sufre hoy más que nunca sino porque en mi interior, muy adentro, sigue abierta la pregunta de si la Medicina no me hubiera reportado una mayor realización personal.
Desde hace un par de años no hay noche que no maldiga aquel viento que sacudió mi adolescencia. Porque no sé de dónde vino, ni tampoco a dónde va. Y me dejo abatir por esa tristeza de una senda no transida. La del médico que nunca fui.



