La lengua del sacerdote
Cuenta la leyenda que en el siglo XIV, en la preciosa ciudad de Bohemia, el rey Wenceslao IV, hombre colérico y enfermo de celos por su esposa, intentó valerse de un sacerdote para conocer los íntimos secretos del corazón de la reina. Juan de Nepomuk, o Juan Nepomuceno, se negó a revelar al rey lo que pedía y sufrió por ello las más crueles torturas. Después de haber sido apaleado y quemado, fue atado de pies y manos y arrojado al Moldavia.
Desde entonces la iglesia tiene en el Nepomuceno el primer mártir del secreto o sigilo de confesión. Su lengua, descubierta incorrupta tras la exhumación de su cadáver, fue venerada mucho tiempo en un relicario en la catedral de San Vito en Praga.
Mucho han cambiado los tiempos. Pues aunque el derecho canónico impone al sacerdote la guarda absoluta del secreto de confesión, del que no está exento ni por requerimiento judicial, observo cada día cómo algún ministro del Señor dispensa información de los feligreses cuya cura de almas ostenta desde hace años, con total relajación y absoluta impunidad. La Iglesia es clara al respecto: el incumplimiento del sigilo de confesión se castiga con la excomunión inmediata.
Me consta que las revelaciones del párroco han producido daños tan reales como muchos de los videos que pueblan YOUTUBE atentando gravemente contra los derechos de intimidad y propia imagen recogidos en nuestra Constitución. Me pregunto si infracciones como ésta han de denunciarse en los tribunales civiles o son competencia exclusiva de la Iglesia.
En Zempoala, México, corrieron a palos el año pasado a un sacerdote cotilla que divulgaba por el pueblo los secretos de su confesionario. Mucho me temo que, de saberse la noticia en alguna de las siete parroquias que cura el sacerdote de esta historia, tendríamos a otro mártir de la lengua...Pero esta vez sin relicario.



