Las lágrimas de Pericles
Cuenta la historia que Pericles fue un hombre genial: general, estratega, político demócrata, renovador cultural, esteta, mecenas de artistas, emprendedor comercial, tolerante, de fina y distinguida elocuencia. Bajo su mando, Atenas vivió una gloria nunca antes alcanzada y después de él, jamás recuperada.
Envidiado y calumniado, como suele ocurrirle a los poderosos, Atenas vivió también las intrigas de sus enemigos, la avidez de sus críticos y la ingratitud de sus inferiores. En una época de mítica misoginia hay un detalle que por encima de sus victorias en batallas y éxitos en sus empresas, le honra para mí más que ningún otro. El motivo tiene nombre de mujer.
Aspasia de Mileto, la hetaira oradora a quien el sátrapa persa Al-Talif concedió la libertad para salir de su harén en honor a su inteligencia, llega a Atenas para fundar una escuela de retórica. Y en medio de sabios y artistas, fiel a la promesa de no enamorarse jamás de un hombre que carezca de dudas y de capacidad de asombro, Eros juega sus flechas. Amantes inseparables, Aspasia y Pericles ofrecerán una inolvidable lección a los griegos. La milesia, acusada por el poeta cómico Hermipo de asebeia o impiedad, es conducida ante el tribunal del Areópago, autoridad máxima en materia criminal. La asebeia, que supone burlarse de los dioses, tradiciones y costumbres de la ciudad era un delito gravísimo, comparable a la traición y normalmente se castigaba con la muerte o el destierro absoluto.
Pericles, el elocuente y fino orador, habla durante más de tres horas en defensa de su amada sin que los jueces miembros del tribunal se conmuevan lo más mínimo. Ante él la mujer maestra en Retórica de Sócrates y de sí mismo, acusada de enseñar a las jovencitas griegas a burlarse de los mitos y los dioses, de amar contra natura y de decidir por si mismas, guarda un orgulloso silencio. Cuando parece que la condena a la pena capital es inminente y para sorpresa de todos los presentes, Pericles- el gran Pericles- llora. Y las lágrimas provocan un silencio frente al que nadie resulta estar armado. Aspasia, bañada en el llanto de su amado es absuelta por el tribunal. El poeta acusador se topa con un final inesperado y vergonzante. Las calles atenienses se burlan de la treta miserable.
Meses antes del juicio de Aspasia, un filósofo impío, Anaxágoras de Clazomene fue al destierro en Lampsaco. Años más tarde y por idéntica acusación, Fidias será expulsado de Atenas para siempre y Sócrates ingerirá la cicuta de la muerte. Ninguno de ellos tuvo la suerte de contar con alguien que los amase tan valientemente como para llorarlos en vida.




Comentarios sobre Las lágrimas de Pericles
Pues sí, que nos lloren en vida. Buen texto.