Los jóvenes tiranos
12:00 p.m. Es Domingo y la ciudad duerme doblemente su estúpido sueño: a la manía de no madrugar los días de descanso, se suma la de dormir la resaca de la etílica noche de sábado. A lo lejos suena la voz quejumbrosa de una madre que asida a un teléfono móvil con desesperación, pide a su hijo adolescente que regrese a casa, que ya está bien, y que le explique dónde está, y dónde ha pasado la noche. La mujer cruza de una acera a otra, sin rumbo fijo, sin dejar de implorar.
Esta misma escena se repite en muchos otros lugares, con otros protagonistas, pero con idéntica desesperación. Los hijos se han vuelto tiranos, dictadores sin alma, estúpidos monigotes que imponen sus caprichos a cualquier precio. Hijos de nunca acabar.
No soy juez y no busco culpables, ni condenas gratuitas. Pero me entristece la herencia que los padres de secano dejamos a los hijos de hoy y de mañana. Una nada absoluta, infinita y silenciosa. Vacía de deberes y entonce, de ilusión.
Las urgencias del hospital despiertan esta mañana con una docena de comas etílicos de adolescentes y otras tantas intoxicaciones por drogas variadas. Las calles rebosan de material urbano destrozado, pintadas en las paredes, ruedas pinchadas y automóviles rayados. Los vecinos de algunas zonas céntricas de la ciudad se quejan del exceso de ruido y del vandalismo de muchos jóvenes. Ninguna autoridad pronuncia la palabra "castigo", tan políticamente incorrecta.
Y sin embargo es un problema de autoridad.
A todos los niveles.
El resultado es éste.
La tristeza reiterativa de lo impune.



