Heridas
Un hilo es a veces suficiente
para toparse con toda una madeja,
para reescribir el mundo
o tejer una nueva interpretación de cómo es,
de cómo fuimos.
Pocas cosas varían tanto como la percepción de uno mismo,
las propias culpas,
los pormenores pequeños,
las diminutas excusas,
los pecados pretéritos.
Un solo hilo puede desembocar
en una tejedumbre que nos ponga al abrigo
de la propia intemperie.
Cuántas veces no habré remendado mi propia biografía
a partir simplemente de un rostro o de una voz,
de una fotografía o de un silencio.
Sin premeditación,
sin horizonte,
sin saber a dónde llegarían el juicio y la memoria
y qué espontáneo matiz
mudaría de acento ciertos pasos.
Entonces yo era fuerte.
Me traían sin cuidado aquellas flores
o si la primavera no cumplía
su programa biológico de forma taxativa.
Pero hoy ha bastado un solo pétalo
en un libro de Augusto Monterroso
para enhebrar una composición distinta
y sentir en los dedos nuevamente
la nostalgia curiosa de una herida
Y allá donde el olvido pone fin
a los miles de vidas imposibles
que he podido vivir
sé- no sé como-
que aún sangra y se duele como entonces
y en noches como esta reclama su derecho a ser oída,
a reprochar su tiempo de cadáver
y su latencia estúpida y silente.
Todo eso, qué imbécil, aunque sepa
que jamás será más de lo que ha sido.



