Déjate de herejías
Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe. Largo nombre. La componen, entre otros, los rígidos obispos de Lugo y Orense. Se trata de la flor y nata de la censura eclesiástica, los nuevos calificadores que como antaño el Santo Oficio, depuraban la doctrina expurgando cualquier sospecha de herejía.
Han cambiado los modos en que la Iglesia de Roma ejerce sus santas purgaciones. Pero el fondo es idéntico.
Salvando las distancias históricas y personales, el expediente abierto contra el teólogo Torres Queiruga me trae a la memoria el doloros proceso de Bartolomé Carranza, célebre maestro de teología, destacado en el concilio de Trento, obispo de Toledo en tiempos de Carlos V, que tuvo la desgracia de ser objeto de la más furibunda inquina de sus compañeros de hábito y rivales en cargo y tesis: el también dominico Melchor Cano, D. de Soto y el inquisidor general Valdés.
Siete años estuvo Carranza en la prisión de la Inquisición en Valladolid y nueve más en el Castillo de Sant Angello cuando el proceso fue trasladado a Roma. (1561-1576). No faltaron jueces parciales, testigos interesados, rígidos censores, y un rey español, Felipe II, regalista y mezquino. A quien se asome sólo ligeramente al estudio de este proceso inquisitorial contra un hombre de fe le parecerá que pocas veces fue tan notoria la mezquindad de la iglesia y la necedad de los supuestamente sabios y eruditos guardianes de la fe.
La causa abierta contra el profesor Queiruga, de quien fui alumna en la Facultad de Filosofía de la USC me parece, como todo lo que venga de tribunales autoerigidos y procedimientos inquisitoriales, una pataleta. Las clases de Torres Queiruga durante mi quinto año de carrera eran para ser sincera, absolutamente soporíferas, no pude soportarlas más de un mes. Eran una especie de batiburrillo de la teología liberal y manipulación de textos filosóficos contemporáneos. Nunca entendí muy bien por qué las clases de este señor no se limitaban al Seminario Diocesano donde también impartía docencia y por qué la facultad de Filosofía debía victimar a los alumnos con este prebendaje a la Iglesia. Fui coherente conmigo misma y dejé de asistir a aquellos discursos de bonismo teológico. Tuve la suerte de salvar la materia gracias a la otra mitad de los créditos de la misma que impartía una profesora de Metafísica. Me consta el DOGMATISMO del ahora agraviado, en carne propia.
Pero mi opinión personal sobre el teólogo no es incompatible con el reclamo de una defensa de la libertad y, sobre todo, ya que Queiruga no es Carranza, de la humana sensatez. Y más que pedírselo a sus inquisidores, que muy seguramente verán en él a un suspectus heretiae, se lo pediré al propio teólogo: es la hora de la coherencia. Queiruga debe aceptar cualquier crítica que venga de la Conferencia Episcopal Española, y de Roma. Incluso hasta la excomulgatione. Porque si lo que él escribe contraviene deliberadamente la doctrina oficial, debe ser recusado por quien ostenta el oficio de guardían de la pureza religiosa. Si el profesor Queiruga es además, humilde, pedirá a los medios de comunicación que dejen de defenderle y de mediar en conflictos espúreos. Que cada cual soporte su condena. Y ésta, si viene de tan mezquinos fariseos, es ante todo una victoria. Todo lo demás, profesor Queiruga, es puro marketing; por cierto, muy rentable.



