Con un par
Según el grado de ruindad de quien lo practica existen varias formas de defenderse de una crítica. La más evidente y tradicional es la represión. La Historia es sobrada en ejemplos conocidos y no voy a detenerme en ellos. Me interesa más esa otra manera, extendida hoy tanto como ayer la represora, que se llama NINGUNEO. Decía Octavio Paz que " el ninguneo es una operación que consiste en hacer de alguien, ninguno".
Habrán sentido alguna vez los efectos psicológicamente devastadores de tal práctica funesta. A usted le dejan hablar, decir todo lo que quiera, pero cuando haya terminado de hacerlo sentirá que su mensaje ha sido diluído, privado de tal modo de su verdadero sentido, metamorfoseado de tal manera que usted quedará paralizado como si un golpe brutal pero inexistente le hubiese privado del habla. Usted habrá sido excluído. Su existencia habrá sido apartada . Y hé aquí lo peor: usted no podrá demostrarlo. Se enredará en un círculo hipervicioso de causas y efectos hasta rayar en el delirio paranoide. Puede que se sienta como un actor al que le haya sido variado por detrás el escenario. Ningún rasgo, rostro o gesto será acorde con la situación y su tiempo de reacción se ampliará hasta la más evidente inoperancia. De disidente usted pasará al más bochornoso ridículo y de ser humano con principios al individuo más orate y fuera de lugar. Puede que incluso perciba las volutas de su propio humo. Ya está: usted no es nadie. Y sólo esto quedará demostrado.
No ha habido persecución, ni censura, ni siquiera una diatriba directa ni un debate oponente-opositor. Nadie se dará cuenta de lo que ha ocurrido. Porque en realidad no habrá ocurrido NADA. La complaciente, pusilánime y rebañista mayoría mostrará sus rostros de comodidad. Y usted, fiscal de no sé qué causas perdidas, se sentirá como si un improvisado tribunal le hubiese desnudado ante la muchedumbre. Subrepticia pero eficazmente. Una vergüenza mal disimulada invadirá sus mejillas y mirará usted a tierra deseando que se abra y se le trague.
Al día siguiente será efectivamente otro día y al encontrarse de nuevo con todo y con todos, verá una lástima dadivosa en los ojos ajenos. Y aunque se resista a aceptarlo, se habrá convertido usted en uno de ellos. Y habrá triunfado una vez más el lamarckismo del órgano/función. La última visión que desearía usted tener ese día es el recuerdo empecinado de aquella guarrada infantil que todos hicimos alguna vez: meter en la mierda un palito y revolverla varias veces. Porque usted ya conoce el principio de conservación de la materia.
Sólo existirá un titular para sintetizar en su conciencia interna la lacerante derrota: le han fallado los ovarios. Porque la historia enseña, entre líneas pero enseña, que incluso las más abstractas contiendas se han ganado con la mano en la bragueta. Con todo el sentido figurado que quiera o pueda usted otorgarle a la vulgar expresión.



