Burn out del profesor
Suena cursi. Pero es real.
Los profesores se queman diariamente mientras la legión de enanos analfabetos que deben apacentar como rebaños presumen impunes de sus fechorías.
La ley desprecia a los docentes y encabrita a los jóvenes pupilos.
Y la calle repite insensible la cantinela vieja de que el profesor tiene demasiadas vacaciones y hasta puede que un salario excesivo.
Para decenas de ovejas que han crecido en un mundo sólo de derechos, es dificil hacerles ver que los derechos han de ir a la par de los deberes.
Los padres, hartos de su estresante vida laboral, compensan con euros la falta de diálogo, de interés y de responsabilidad. Delegan sus funciones irremplazables en improvisadas guarderías: consolas, video juegos, televisión y demanda de más horas en el colegio. Lo llaman compatibilizar vida familiar y laboral.
El mundo al revés.
En un estado cada vez más intervencionista se nada cada vez más en superficie. Se trata de ir tirando. De obviar conflictos y eludir responsabilidades y deberes hasta que algo rompe y se convierte en problema.Entonces todo el mundo se rasga hipócritamente las vestiduras y grita escandalizado. A lo mejor porque un niño de once años ha grabado la paliza que se le ha propinado a un compañero y la ha colgado en red, o porque a los quince ha sufrido un accidente de tráfico al salir de un botellón. Las mal llamadas autoridades lloran su llanto de plañideras asalariadas, con sus campañas fariseas de prevención y otras gilipolleces del bonismo bien-pensante que tanto le gustan a la progresía.
Pero ni una sola ley protege a los jóvenes verdaderamente ni respeta la autoridad de quien los tutela y educa.
Por eso cada vez más, los profesores quemados deben protegerse no sólo de sus alumnos, sino de los padres que se atreven a vociferarles, insultarles y en muchas ocasiones a llegar a la violencia física.
Si les queda un momento después de agobiarse con la amenaza de un Corralito bancario, piensen un poco en ello.


