Beber los vientos
A mi hijo Juan Yiyai, AUTOR DE MEDIO CUENTO
Desde niña tuvo algo especial. Ya sé que todos los niños y niñas tienen algo especial. Pero esta de quien hablo iba más allá de lo común y habitual en la infancia. Y es que, literalmente, la niña bebía los vientos. Antes de haber aprendido a caminar y por supuesto cuando pudo hacerlo por sí misma, fuese por donde fuese, aspiraba cada viento con tal ansia e intensidad que con sólo ocho años doblaba la capacidad pulmonar de cualquier adulto y para sorpresa de los neumólogos que la tuvieron por paciente almacenaba muchas clases de vientos diferentes en sus diminutos alveolos pulmonares. Vientos a veces furibundos y otras mainos, australes y septentrionales, ábregos y sirocos, brisas y solanos. Ningún viento se resistía a su deseo. En varios cardiogramas que le fueron realizados se mostraban siempre meridianas y bisectrices, extrañas lineas de rumbos laterales y colaterales, en mimesis perfecta de la rosa de los vientos.
Creció sin revelar a nadie su secreto, sólo conocido por sus padres y hermanas. Y siguió bebiendo vientos, por cualquier cosa, por cualquier motivo, por cualquier persona. Nadie sospechó jamás su auténtica naturaleza, como mucho veían en ella a una mujer fácilmente impresionable, entusiasta de cualquier cosa.
Sólo una vez se enamoró. Sintió por vez primera y última la intensidad de un viento para el que su capacidad no resultaba suficiente. Una asfixia inusitada y repentina sacudió durante varios días con sus noches el cuerpo grácil de la mujer extraña. No pudo ser. La autopsia reveló como causa de la muerte un complicado neumotórax espontáneo.
Podrá parecerles un cuento pero cada vez que la única persona a la que amó confiesa al viento sus deseos, el mismo viento los torna realidades y provoca el recuerdo de su nombre, hasta ahora nunca pronunciado.



