El año en que cumplí 40
No me importa el año que se va.
El tiempo sólo es tiempo.
Pero me importa el deseo.
Como todo lo que vive aspiro a su satisfacción,
y cuando no se cumple me entristezco
y a veces desespero.
Pero el verbo renunciar no cabe en mi jerga
todavía.
Es decir, me siento joven.
Aunque el calendario me sitúe ya en la línea descendente.
La estadística es para los viejos.
Un deseo se impone a los demás en este trance:
que por fin se presente la Justicia
y destierre a los jueces que juzgan según la ley que tejen por turnos los tramposos.
Justicia poética.
Una justa poesía que se llame equilibrio,
armonía, mérito o sonrisa.
Y por una vez que no sea ciega.
Que nos mire a los ojos.
Y cuando caigan las togas de quienes me juzgaron
estar allí presente,
y que su exilio sea tan largo como su cruel y eterno despotismo.
Eso pido.
Eso quiero.
Simplemente.



