El animal más bello del mundo
Una vieja leyenda, recreada por Wagner, cuenta que un marinero holandés ausentado largo tiempo de su hogar, mató a su esposa creyéndola erróneamente infiel. Al ser juzgado insitió tercamente en su error, maldiciendo a Dios y jurando no existir mujer fiel sobre la faz de la tierra. En castigo a su soberbia y blasfemia, Dios le condenó a vagar por los mares en un barco fantasma, pudiendo atracar en tierra siete meses cada siete años, hasta encontrar una mujer que estuviese dispuesta a morir por el amor del marinero.
Ese holandés, en la película de Albert Lewin, Pandora y el holandés errante, llegó a Tossa de Mar y halló por fin lo que buscaba. Una mujer que vivía por él y paradójicamente dispuesta a morir por él. Una Ava Gardner siempre libre, intrépida y condenada sin embargo a la soledad y a la incomprensión más absolutas.
La actriz ha sido (¿es?) uno de mis ídolos de juventud.
Ció Abellí esculpió en bronce la estatua de la mujer que vigila el mar con esperanza infinita. Buscando quizá lo que no existe. La metafísica del deseo impide la felicidad. Como la Gala daliniana, eternamente de espaldas a los curiosos, la rebelde Gardner se abre a cualquier posibilidad sin horizontes. Y porque Venus era mujer, quien cree haber captado el mensaje de Lewin, espera- porque en la caja de Pandora quedaba la esperanza- que el animal más bello del mundo parpadee, respire, abandone el pedestal y desaparezca después, como una exhalación, en la bahía donde hace más de 50 años un pescador halló su cadáver entrelazado con el de un marino holandés.



