Otra vez Siracusa
A mi pequeño gran matriarcado, por todo lo que aún tendrá que resistir.
Escribe Platón en la Carta VII que fue llamado por su amigo Dión a la ciudad de Siracusa para llevar a la práctica su utopía política: el gobierno de los filósofos, entendido por Platón como el más justo de los posibles. En la corte de Dionisio el Viejo y luego en la corte de Dionisio el joven, vivió Platón en carne propia un fracaso estrepitoso en las tres ocasiones en que visitó Siracusa. La tercera fue especialmente trágica pues resultó incluso vendido como esclavo. Los dos Dionisios eran tiranos y siendo la tiranía la forma más degenerada de gobierno se negó Platón a colaborar con sus regentes.
Pero no todos los intelectuales pueden presumir de lo mismo. A menudo me he preguntado por qué personas y personajes para nada sospechosos de ignorancia o falta de cultura conniven con tiranos llegando incluso a la legitimación pública de sus fechorías. Saramago, García Márquez, Heidegger...Desdicen con su praxis lo que predican con su pluma.
No hace falta elevarse a los altos cargos ni a muy poderosas instituciones para encontrar ejemplos de la SEDUCCIÓN DE SIRACUSA. En funciones mucho más modestas y en menos poderosos funcionarios se encuentra también la semilla de ese veneno que ha llegado a pudrir el corazón mismo de la esencia política, es decir pública. Es la misma hybris, la misma locura delirante y la misma inmoralidad culpable. Muchos hombres y mujeres de entre nosotros son indignos del cargo que poseen y alimentan la prostitución de la función que representan. Se les llena la boca cuando se evidencia una injusticia o un abuso por parte de los poderosos, pero a la hora de la verdad reaccionan de forma opuesta a cómo deberían y se alinean con los verdugos.
Me pregunto qué se dirán a sí mismos, cómo racionalizarán su hipocresía y de qué modo justificarán su cretinismo. Me resisto más que nunca a creer que todos los seres humanos son iguales y mucho menos en talla moral. Cada cual tiene en su vida la oportunidad de demostrarla. Todos nos vemos obligados a prescindir alguna vez de nuestra máscara y entonces se ve el rostro verdadero, la imagen desnuda y clara de lo que somos.
Hay muchas Siracusas. Pero sólo una manera de decir que NO.

Fanáticos, idiotas o cobardes. Los hombres de Alejandría que muestra la película ÁGORA son así. Sin excepciones. La violencia prende en cualquier chispa de intolerancia, lo de menos es el motivo. Aunque en la película los motivos tengan esos nombres: fanatismo, idiocia, cobardía, yo diría que se resumen en este último, al igual que la mayor parte de los males o desgracias humanos.

